sábado, 21 de junio de 2008

Viaje a otro mundo

censurado...

jueves, 19 de junio de 2008

Destino final

Llegó temprano. Todavía no estaba listo pero tampoco notó su presencia. Trató de evadirla como quien evade al enemigo.
Ya desde la madrugada y dormido se tapó ante el frío de una ventana que nunca estuvo abierta.
Se levantó sobresaltado por la hora y entró tambaleando al baño.
Las gotas de sudor le corrían desde la coronilla, pasando por la barba para morir al fin sobre el porcelanato. No bastaban las gotas para que resbalase.
La afeitadora, reluciente y afilada lo esperaba en el vanitory. Decidió no afeitarse ese día. A pesar del calor interno, afuera corría un gélido viento pampero.
Se desvistió rápidamente y dispuso media hora reloj para su inmersión en aguas que rondaban los 30 grados centígrados.
El secador de pelo esperó, enchufado. Cuando por fin se iba a secar la maraña de rulos azabache, una voz desde abajo lo apuró a tomar el café.
Bajó con una toalla envuelta al estilo árabe y tomó tres sorbos.
El auto estaba listo para chocar en el tercer semáforo por falta de frenos.
Decidió ese día tomar un remis para no tener que estacionar porque ya era tarde.
Ya en el segundo semáforo un camión cisterna apurado tocó bocina para sobrepasar al remisero.
Lo sobrepasa, pero el tercer semáforo lo intersecta.
Frena.
La inercia hace que el acoplado continúe.
Choca con el remis.
Da media vuelta, aplasta la mitad del auto.
Si, la mitad de atrás.
Llegó temprano.
Mas no tardó en que se hiciera la hora.

lunes, 16 de junio de 2008

Por favor, perdón y gracias. (Pequeñas alteraciones que sacuden la adormecida máquina)

Lo bueno de la rutina es que brinda seguridad.
Un seguro intercambio: tranquilidad por cotidianidad. Nada nuevo bajo el sol, planes sin sobresaltos.
Viernes.
Entonces me bajo del auto y ocurre el primer hecho extraño a esas horas de la mañana, que por la oscuridad llamaría madrugada: los autos no se disputan en la vorágine del verde que dió, desafiante, el palilargo amarillo y negro.
El bondi, vacío. Me siento con inseguridad -¿Me puedo sentar? ¡Qué bien se siente! Nunca lo había hecho antes- ¿quépasaquépasóquépasará? Las tildes transpasan el umbral de mis pensamientos, retumban con fuerza en el paladar mientras la lengua impide que salgan por los labios secos, entreabiertos.
Me bajo del colectivo en Villa Adelina. ¡Ahora si, viernes puente! ¡Jaja! Nada raro, me tranquilizo. El lunes es feriado, cierto. Cierto que había que comer algo de azúcar a la mañana. Cierto que el ciclamato del edulcorante en polvo trae cáncer. Cierto que tampoco tanto azúcar es bueno.
¡Qué frío hace! Voy a cruzar la calle. Espero en la acera de la esquina de la prudencia. Pienso en mi próximo movimiento. Me aseguro que la mochila esté bien cerrada. Miro a la derecha, nada. Miro a la izquierda, tampoco. Hoy voy a decirle algo más que “Buen día; uno cuarenta, por favor”. Le voy a decir que qué frío, y que si todos se fueron de fin de semana largo afuera y nosotros nos quedamos, o qué. Finalmente, con un inocente ¿no? ó un ¿le parece? voy a pedirle su complicidad.
Cruzo, y un hombre me llama. Pienso rápido. O trato de no pensar y actuar por instinto. ¡Pará! Esto rompe con mis planes, ¡me descolocó todo en un instante! No le hablo a extraños pero el señor me llama. Creo que me saqué los auriculares, no sé con certeza. Me acerco, con miedo. Me tiende la mano. Ofrece su boleto sin usar. “No, no… gracias. Pero yo tomo el que va por Panamericana, señor. No me sirve.” Desconfío. “Es lo mismo”, me responde, casi con resignación. Su mano seguía tendida. En su rostro sentí compasión, necesidad. Me hizo un favor. Sí. Aunque yo no lo necesitara. Permití que me haga un favor. Cuando uno pide un favor en realidad le hace un favor al otro porque le otorga la posibilidad de ayudar a alguien. Lo tomé. El boleto no me servía simplemente porque era de menor valor del que yo necesitaba para ir hasta Caballito. Desconfié. No lo necesitaba. Igual acudí a su llamado. Pensé que se me habría caído algo, o que tenía la mochila abierta. Pero desconfié. No tenía ojos de baboso ni pinta de alagador, e igualmente desonfié de él. Seguramente necesitaba el peso con veinte que había malgastado en un boleto que no necesitaría dos minutos después cuando corrió desesperado luego de su obra de bien a tomar el tren que iba a Retiro o a Villa María, daba igual.
No saludé al boletero. Ni siquiera pronuncié bien mi frase hecha un-peso-con-cuarenta-por-favor.
Tampoco le comenté la desolación callejera del viernes por la mañana, que ya era mañana porque estaba clareando.
Me sentí mal. Me di vuelta y el hombre vió que desprecié su regalo al comprar otro, mi boleto. Percibió mi deconfianza y se quedó a constatarla aunque estuviera apresurado. Lo miré cruzar la calle, corriendo para tomar ese tren que nos depararía un nunca más volver a vernos. Me sentí peor. No pediría disculpas, no daría las gracias, no le podría devolver en dinero su favor. ¿Es que acaso no podemos recibir un acto de buena fe? Quizás esperó a ver si le devolvía el peso con veinte. Luego pensé, porque pude pensar. Si le contaba al boletero mi experiencia me devolvería la plata y yo bien se la hubiera entregado a su dueño. Pero no. Ese hecho que rompió con mi rutina me descolocó. No pude pensar sensatamente.
No esperaba el dinero. Tan solo y tal vez un fingido agradecimiento; hubiera subido al colectivo con ese boleto y engañar al conductor simplemente para hacer sentir bien a aquel hombre. Pero no, no soy de realizar actos de altruismo y arriesgarme a que me bajen a mitad de camino y a minutos de comenzar mi clase.
Me sentí mal por aquel hombre. Sentí pena por nosotros. ¿Cuándo volveremos a confiar, a atender un llamado, a mirar a los ojos al desconocido, a pedir por favor, perdón y gracias, a realizar un acto de buena fe, o al menos, si no sale, dejar que los otros lo hagan por nosotros?
No, no estamos listos.
Ni siquiera eso.

jueves, 5 de junio de 2008

cuatro de junio

Hoy el día brillaba aunque el sol todavía no osaba salir.
Hoy me dio gusto pedir mi boleto con una sonrisa.
Hoy me di cuenta por primera vez que las butacas del bondi son ¡naranjas!
Hoy caminé por las calles de siempre como si fuese la primera vez.
Hoy me emocionaron las palabras de la profesora, aunque siempre diga lo mismo, con distintas palabras.
Hoy sentí la felicidad de estar haciendo lo que me gusta, luego de haber decidido lo que no me gusta.
Hoy entendí que el que no arriesga, no gana.
Hoy apagué mi programa preferido de radio y leí para mi clase.
Hoy enfrenté al mundo con la verdad
Hoy me mostré tal cual soy.
Hoy soy.
Hoy.
Hoy le encontré el gusto al momento sin pensar en el mañana.
Hoy me esfuerzo para forjar el mañana.
Hoy reí, lloré, besé, abrazé, renegué, puteé, jugué, gané y perdí.
Hoy me corrió sangre por las venas.
Hoy desentoné sin miedo a ser juzgada.
Hoy vencí la mediocridad.
Hoy me enfrenté a mis fantasmas, a mis amigos, enemigos y familiares.
Hoy me miré a mi misma.
Hoy me pregunté si estoy haciendo lo que quiero, si lo que quiero es lo que debo, si lo que debo es para quién.
Hoy me pude responder que no siempre hago lo que quiero, pero que quiero lo que hago.
Hoy creo en mí.
Hoy creo.
Hoy.

miércoles, 4 de junio de 2008

Mi amigo albañil

Juan sube todos los días conmigo en la terminal, pero no se sienta.
Saca su radio de bolsillo, la escabulle por entre medio de sus incontables abrigos y cierra los ojos.
Juan recorre los mismos kilómetros todos los días menos los domingos, que de hecho tampoco lo acompaño porque no voy a la facultad.
Juan tiene la cara curtida por la cal y el frío, y las manos blancas, lo cual desentona bastante con su tono de piel.
Se baja en la construcción, toma un sorbo de su petaca y se coloca el casco amarillo ya moldeado por los años de uso.
Saluda a sus compañeros, le chifla a una dama y se da vuelta al pasar mientras piensa "¡si me viera la Mary!"; acto seguido le muestra al Cacho el celular nuevo que se compró, al cual dotó de cumbia colombiana y algo de pornografía que ve cuando, dos veces al día, se escapa de la realidad en el cuartito de baño químico.
A la hora de la almuerzo no se habla demasiado: el hambre es la vedette y no admite partenaires. Se oye la radio de fondo pero jamás se la escucha, la ceremonia es siempre la misma. "Hay cosas peores que la rutina..." suspira mientras levanta el vaso de tinto como si fuera a brindar por algo, como si de verdad hubiera algo por qué brindar.

Todos los días, al volver en el 71 muy cansada y quejosa de la facultad, me encanta ver a Juan. Casi siempre está jugando un fútbol-tenis en el césped que rodea el cementerio de la Chacarita, en una cancha improvisada con esas cintas de ¡PELIGRO! que utilizan para señalizar las veredas en construcción.
Miro por la ventana, me desespero un poco si no lo encuentro, a decir verdad, hasta que lo veo, esbozo una sonrisa y sigo camino.
Un alivio recorre mi cuerpo. Dentro del individualismo común en el que estamos inmersos en esta gran selva pavimentada, siento que tengo un amigo. Él, por su parte, no lo sabe. Pero lo es. Cuando, por casualidad, nuestras miradas se entrecruzan, muevo rápidamente la córnea del ojo como si estuviese cometiendo un pecado mortal, como si acaso me diera vergüenza que el sepa que lo estoy mirando. Pienso en otras culturas donde el contacto visual es inmoral, donde incluso está prohibido, o peor aún, donde los ojos no se pueden mostrar. Siempre nosotras, claro.
Las ventanas del alma se cierran para el mundo. Solo puedo ver y no permito que me vean. Me desnudo sin quitarme un sólo guante. Me sambullo en un mundo efímero, por un momento.
¡No! No gires la cabeza, ¡no la levantes!, no sientas mi pesada mirada sobre tus hombros, tu cuello, tu rostro. Asi no podré domesticarte si me descubres. Por favor, haz como si nada estuviera pasando; mira de reojo si quieres, pero no me inhibas. Como un imán de lo contrario deberé volver una y otra vez hasta que hayas sacado tus sucios ojos sobre los míos. ¡Qué poco ético! ¿Con tus cincuentipico te animas a mirar de esa manera a una adolescente de 19? Yo puedo hacerlo. No crearé ningún trauma en ti ni falsas esperanzas.

¡Pucha!, vuelvo. Si fuera verano, al menos, acabaría momentáneamente con este estúpido suplicio usando unos vulgares pero cómodos anteojos de sol...

sábado, 31 de mayo de 2008

Esos próximos inciertos del viaje cotidiano...

Al tener una rutina, lo más probable es que viajemos a diario con personas que no conocemos, a las que jamás les hemos dirigido una palabra, pero sabemos que existen. Incluso, cuando no las vemos, nos preguntamos por ellas. Por supuesto, no tenemos ni la menor idea de cómo se llaman ni qué hacen ni a dónde van, pero sabemos que se llaman, que algo hacen, y que se dirigen a algún lugar. No es extraño verme un jueves preguntándome por "el pelado", "rulos" o "el desquiciado". Es más, hasta tengo mis teorías de parentesco entre rulos padre y rulitos hijo. "Algún día les voy a preguntar", miento.
Lo que me da mucha impresión y culpabilidad ante mi inevitable risa son los tics.
Abre un ojo, cierra el otro, saca la lengua, sube y baja la cabeza: todo eso para tocar el timbre. No una sino dos y hasta tres veces antes de bajarse en Unicenter.
Otro que habla y habla y andá a saber qué estará diciendo, y nunca falta el chico "cool" que canta las canciones de celular muy ávidamente, moviendo sus piernas al son de la música como queriendo percusionar sobre la marcha el ritmo en cuestión.
Otro tic de tipo escatológico es el del médico de parque Chas, que se para cada viernes a la misma hora en el mismo lugar a urgar impunemente su nariz como si nadie lo estuviera mirando.
Ch! Chh!! si... a ustedes, ambulantes distraídos, inmersos en sus canciones y pensamientos, envueltos en papel de boleto y golosina, les tengo una mala noticia: siempre hay alguien mirando... No estamos solos en la ciudad, aunque lo parezca.

De cuando uno pasa más tiempo viajando que en su destino...

¿Por qué?
Por qué dejar la cama en días así
Por qué el tiempo previo de preparación
Por qué la radio, la llave, la moneda, los guantes
¿Por qué el señor vendedor de boletos está siempre de buen humor?
¿Por qué me indigna que los idiotas se hagan los dormidos y las abuelas vayan paradas?
¿Por qué me da bronca que lean impunemente el diario cuando una se tiene que parar y ceder?
¿Por qué el mediocre del inspector va sentado en el reservado por la CNRT cuando el colectivo lleno?
¿Por qué cuando tengo que leer se me sienta al lado un gran Mp4 al máximo que amenaza mi comprensión?

Entonces llego, me siento dos horas a ver sin mirar, a oír sin escuchar y vuelvo a sumergirme en los pensamientos y propagandas que enuncian la letra chica en un segundo y medio.

Pienso, entre suspiros, que mal estamos.

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